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sábado, 17 de diciembre de 2011

La columna de Miguel Guerrero: Nadie tocará esa tecla

Miguel Guerrero.

Hemos perdido la capacidad no ya de indignación sino de asombro. Quedó de manifiesto con los escándalos diarios publicados en los medios nacionales. Las cosas que han sucedido en este país en los últimos años nos colocan tal vez en el peor momento en materia de corrupción en muchas décadas.

Sustraer recursos públicos o hacer mal uso de ellos no constituye ya  delito entre nosotros. Los cargos en el gobierno son, de hecho, un premio a una adhesión política y no el fruto de méritos ciudadanos o el reconocimiento a una adecuada preparación técnica o profesional para el buen desempeño de la misma. Hacerse rico desde una función pública, no importa a qué nivel, sea como miembro del gabinete ministerial, o en un grado menor, es ya un asunto natural, propio del ejercicio.

Los gobernantes no se creen obligados a rendir cuentas de su gestión, y no hay institución o grupo con capacidad para reclamarles tan elemental e ineludible deber. Contrario a como ocurre en toda democracia, en el país son los ciudadanos los que deben respeto y obediencia a los que ellos mismos exaltan a la cima del poder, al través del llamado voto “flácido”, el que se otorga a la “menos mala” de las opciones, y no los gobernantes a la sociedad  a la que están supuesta a representar. Varias organizaciones de la sociedad civil se lamentaban en estos días que en cualquier otro país, el deprimente espectáculo alrededor del presupuesto hubiera provocado la forzosa renuncia de los responsables y quién sabe, agrego yo, qué otra cosa.

Sabemos, sin embargo, que todo seguirá igual, tanto si gana el candidato del gobierno como el principal de oposición. Con relación a este último, intentar sancionarla equivaldría a enfrentar una justicia que por lo que se ve estará atada a compromisos políticos difíciles de desatar. Nadie tocará esa tecla. Por tanto, que siga la fiesta.



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jueves, 15 de diciembre de 2011

La columna de Miguel Guerrero: No se puede ser “Pendejo”

Miguel Guerrero.

La idea tenida en el país de un puesto público es la de llegar allí como una oportunidad para hacerse rico. Por eso es tan difícil crear una verdadera conciencia nacional en contra de la corrupción y por esa misma causa los delitos económicos quedan siempre cubiertos por un manto de impunidad.

Cuando renuncié en enero de 1988 a la dirección general de CORDE en conflicto abierto con el presidente de entonces Joaquín Balaguer, todos los caminos se me cerraron. Aunque mis relaciones con el caudillo reformista sobrevivieron a ese difícil momento, lo cual me salvó de algunos embarazosos momentos con la zona más salvaje de su entorno palaciego, la situación se me hizo cuesta arriba.

Muchas de las críticas mediáticas vertidas contra mi se referían a mi falta de experiencia e incluso a una supuesta inestabilidad incapaz de superar las situaciones críticas propias de toda posición pública importante, alrededor de la cual giran, como diabólica centrífuga, los más enconados y diversos intereses, detrás de privilegios, contratos y otras canonjías.

De todas las experiencias vividas en aquellos ya lejanos años de juventud, recuerdo con especial interés una en particular.

Forzado a combatir el estrés y la soledad que me envolvía con su desoladora presencia, solía acudir a practicar el ajedrez en la cafetería de Franco en la calle El Conde.

Era usual entonces ver a las vecinas de la zona colonial sacar sus merecedoras para tomar el aire fresco de la tarde en las aceras. Tras pedir el permiso de rigor al pasar por una de tan bellas escenas cotidianas del pasado citadino, escuché la voz  piadosa de una mujer a mis espaldas lamentándose por mi por haber perdido con la renuncia la oportunidad de mi vida, con  palabras salidas de lo más profundo de su tierno corazón: “Pobrecito…, tan joven”.

La escucha me produjo escalofríos. Doble la esquina y volví casi corriendo a casa.



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