jueves, 29 de diciembre de 2011

El supuesto orden en el trujillato

Todavía aquí hay personas, en distintos sectores, que anhelan que en el país exista “n orden” como el establecido por  el dictador Rafael Trujillo Molina, que durante 31 años desgobernó a esta nación, constituyéndose en amo y señor, en batuta y constitución. Ese anhelo es producto de mentes que, al parecer desconocen lo brutal de ese régimen e ignoran la importancia de la existencia de las libertades públicas inherentes a todo ser humano.

Como se recordará, este país se había convertido en una simple finca administrada por Trujillo, su familia y sus más estrechos allegados, amigos y colaboradores gratuitos. La gente del pueblo aceptaba, sin chistar, inscribirse en un solo partido, el Dominicano, en obligar a los jóvenes a realizar un servicio militar y mantenerlos bajo un estado de temor permanente.

Trujillo, un megalómano por antonomasia, era dueño de todo lo que tenía que ver con la economía, como los ingenios azucareros, grandes fincas lecheras, fábricas y otros negocios productivos. También era dueño de los pocos medios informativos existentes, como El Caribe, La Nación y La Opinión. La Voz Dominicana, su vocero radial,  era propiedad de su hermano Petán Trujillo, así como Radio Caribe.

En el orden político e institucional, el Jefe nombraba a su antojo a los miembros de las Cámaras Legislativas, a los jueces de la Suprema Corte de Justicia y de la Junta Central Electoral. Se celebraban elecciones con la participación de un solo partido, el Dominicano y varios candidatos, encabezando Trujillo la boleta, queriendo dar al mundo la apariencia de una auténtica democracia. Para complacer a los norteamericanos, con cuyo apoyo contaba,  durante la guerra fría, el mismo Trujillo se convirtió en el más fanático y furibundo anticomunista de América. Los jefes militares y policiales eran sus hijos, hermanos y parientes cercanos.

El funesto Servicio de Inteligencia Militar (SIM) constituía el medio más eficiente de la dictadura para garantizar el orden político y se mantenía a la caza de cualquier asomo de oposición al régimen. El sonido de los famosos carros cepillos, en los que se transportaban los agentes del SIM, con su característico sonido, mantenía al pueblo bajo un estado permanente de nerviosismo que le helaba la sangre a cualquiera. La gente temía hablar de política, por los incondicionales colaboradores del SIM que pululaban en todos los sectores de la sociedad dominicana.

Para los que eran descubiertos como desafectos al gobierno, había dos alternativas, la desaparición o un exilio forzado, y toda la familia de la víctima caía en desgracia con el Jefe, como se le solía llamar al dictador. Los conocidos como comunistas tenían que asilarse en embajadas, para no ser alcanzados, si tenían suerte,  por el brazo asesino de Trujillo y sus allegados.  El dictador no respetó la vida de sus opositores y mandó a asesinar tanto a hombres como a mujeres, dentro y fuera del país.

Las ventajas de las dictaduras, de acuerdo a la percepción de la gente, es el orden y la seguridad para los que no se oponen al gobierno. Durante la tiranía trujillista, la gente podía dormir en su casa con la puerta abierta sin temor a los ladrones. Por la mañana los lecheros depositaban en las esquinas los huacales de leche, de la pasteurizadora del Jefe,  la Central Lechera  y a nadie se le ocurría robarse un litro. Los que vendían pan ponían las fundas en las puertas, seguros de que sus clientes las retirarían a cualquier hora del día. Pero a qué precio era ese supuesto orden y paz.

El que caía tres veces preso por robo era condenado a trabajo forzado, a cortar yerbas, barrer las calles o lo enviaban a una finca denominada El Sisal de Azua, y desaparecía. La gente común y corriente tenía miedo de caer preso por robo, ya que los únicos que robaban, impunemente, eran Trujillo, sus hermanos y sus más apreciados allegados, que recibían jugosas contratas y contaban con su anuencia.

Lamentablemente, ahora los gobiernos democráticos no inspiran temor, y la gente tiende a hacer lo que le viene en gana. Violan las leyes tanto los gobernantes como los gobernados.  Sin embargo, los gobiernos democráticos, que hemos tenido, después de la tiranía trujillista, han dejado mucho que desear en cuanto al mantenimiento de la seguridad ciudadana y el orden público, a excepción del régimen del profesor Juan Bosch, que apenas duró siete meses.

No es buena una dictadura de ningún signo, pero a veces, en cierto sentido,  son mejores que algunos malos gobiernos democráticos que hemos tenido, y es por eso que un político, aunque no estamos de acuerdo, ahora se atreva a  proclamar, durante su campaña, sobre la necesidad de que se establezca un orden como el que existió durante la dictadura trujillista. Eso no, mi amigo. Queremos un gobierno del pueblo y para el pueblo. No para una sola clase. ¡Estamos!



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