viernes, 2 de diciembre de 2011

La honestidad no está sólo en el bolsillo

Muchas veces la prensa dominicana se me parece a un concierto de orates voceándose insultos o gritando cada cual su verdad como si la razón resultara de descalificar al otro o de torcer los argumentos para convertirlos en argucias. Y es una pena.

Es una pena porque cuando intelectuales con reconocidos méritos se dejan arrastrar por el entusiasmo de su propia claque su razonar queda infiltrado de debilidad y se fisura la solidez de sus ideas. Una flojera es recurrir a la descalificación mediante el insulto.

El debate civilizado entre gente que piense distinto sobre cualquier asunto presupone que si alguna idea ajena merece atención es porque su autor posee algún valor o alguna calidad respetable. Si no, ¿para qué molestarse atendiendo asuntos cuya importancia no puede lógicamente ser mayor que la de su autor?

Las polémicas libradas desde las páginas de los diarios constituyen una de las mejores maneras de calibrar la educación de cualquier pueblo. Hace alrededor de un siglo, en Londres, los lectores de periódico contaban para su regocijo con las encendidas controversias sobre política y religión entre Chesterton y George Bernard Shaw. Asuntos tan variados desde a quién atribuir la paternidad del cálculo, si a Newton o a Leibniz, o las discusiones entre Madison y Hamilton sobre qué clase de república debía ser Estados Unidos, hasta definir quién inventó las hamburguesas, han sido temas debatidos en la prensa. Es el foro ideal para la discusión pública de ideas que impactan a la sociedad.

En este rincón insular donde grandes escritores blasonan su alegada honestidad porque son pobretones, como si fuera imposible hacer fortuna honestamente, la mayor parte de las polémicas por la prensa son sobre la política. Y la honestidad necesaria para tratar este asunto no tiene que ver sólo con cuánto dinero tenga o carezca quien se moleste en escribir.

Asociar la honestidad sólo a su aspecto “dinerario” induce a disparates como que cualquier impecune se crea un templo de seriedad, aun cuando tuerza ideas, sople argucias y se embelese con los aplausos, en un impúdico orgasmo de vanidad y auto-complacencia.

Insisto: el maniqueísmo político de varios de los mejores articulistas criollos infecta su razonamiento y desmerita sus conclusiones. Muchos de los más severos críticos del gobierno, cuyo trabajo admiro y estimo imprescindible, serían más creíbles si al ‘conceptualizar’ –¡ah, verbillo molestoso!- fueran más imparciales.



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