jueves, 8 de diciembre de 2011

La nueva vacuna contra malaria protege a la mitad de niños y debe mejorarse

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Barcelona, España.- Los ensayos de la nueva vacuna contra la malaria desarrollada en Barcelona revelan que protege a la mitad de los niños, pero este es el nivel máximo que puede ofrecer el tratamiento, por lo que se deben explorar nuevos caminos para mejorar su eficacia.

“Lo que esta vacuna podría ofrecer técnicamente ya es lo máximo, así que para obtener más nivel de protección habrá que cambiar de aproximación”, explica en una entrevista con Efe el doctor colombiano John Aponte, que trabaja en el Centro de Investigación en Salud Internacional de Barcelona (CRESIB).

Doctor en Medicina por la Universidad Pontificia Javeriana de Bogotá y Máster en Estadística Médica en Londres, Aponte llegó a Barcelona en 1996 para continuar sus trabajos sobre la malaria en el equipo del doctor Pedro Alonso, que lidera las investigaciones sobre esa enfermedad.

Los primeros resultados del ensayo clínico de la vacuna RTS,S en la fase III, la más avanzada y la previa al registro por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS), se presentaron el pasado octubre y supusieron un hito en la historia de la medicina.

Sobre una muestra de niños vacunados entre los 6 y 18 meses, los resultados arrojaron una protección en el 56 por ciento de los casos frente a la malaria clínica y de un 47 por ciento frente a la malaria grave.

Se trata del ensayo clínico más extenso jamás realizado en niños africanos, con una muestra de casi 16.000 menores y con la participación de 11 centros de investigación en África y sus correspondientes centros asociados en países desarrollados, como es el caso del CRESIB, vinculado a la Universidad de Barcelona y al Hospital Clínic.

“Una eficacia del 56 por ciento es buena, no es el 100 por cien, como todos quisiéramos, pero esto por ahora no existe ni hay perspectiva de que se vaya a dar”, destaca Aponte.

No obstante, la eficacia es elevada si se tiene en cuenta que es la primera vacuna en el mundo contra un parásito, concretamente el falciparum, muy extendido en la África Subsahariana y el más letal de todas las variantes que provocan la malaria.

A diferencia de las bacterias o los virus, los parásitos son más difíciles de combatir con una vacuna, porque son organismos mucho más complejos y más “inteligentes” a la hora de hallar maneras de adaptarse al cuerpo humano para sobrevivir, explica Aponte.

Como el antígeno con el que se ha trabajado para hacer la vacuna ya no da para más, los científicos están obligados a mejorar la eficacia del tratamiento preventivo con combinaciones de vacunas o con nuevas aproximaciones, como el estudio de los mecanismos del sistema inmunológico.

Según Aponte, la comunidad científica ha ido dando “palos de ciego” en la lucha contra la malaria, ya que se han desarrollado tratamientos sin haber conseguido descifrar todavía el mecanismo biológico que hace que determinados cuerpos, especialmente los adultos, se puedan inmunizar frente a los efectos del parásito.

Con esos desafíos sobre la mesa, Aponte ve difícil pronosticar cuándo llegará la vacuna definitiva que tenga una efectividad prácticamente total.

“El desarrollo de las vacunas contra la malaria es lento, porque no es atractivo para las farmacéuticas invertir en un mercado como el africano, que es el más pobre del mundo”, destaca.

Ayudada por la Fundación Gates, la farmacéutica GlaxoSmithKline (GSK) es la responsable de desarrollar la vacuna y de comercializarla a partir de 2016, que es cuando se calcula que se habrá terminado toda la investigación y ya contará con la recomendación de la OMS.

Según los expertos, si la vacuna llega a todos los niños se podrá reducir la mortalidad de una enfermedad que causa cada año más de un millón de fallecimientos, en su mayoría menores de cinco años del África subsahariana.



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